
Crónica inverosímil de la abducción de Doña Mary / Parte 1
¿Extraterrestres? ¿Una abducción en pleno Ecatepec? Algo muy extraño ocurrió con Doña Mary y, como suele pasar con los asuntos de otros mundos, las explicaciones no abundan.
COLUMNASEL SUEÑO DEL EQUILIBRISTA
Alexander Ganem / México
10/8/20266 min read


I
Doña Mary fue siempre una perseverante OVNIfílica. Sabía otear los cielos desde chamaca, buscando rutilantes estelas de luz desplazándose por el oscuro firmamento, acostada con su madre sobre un colchón que subían a la azotea para ponerse a buscar a los habitantes de UMMO, medio ocultos entre tanta estrella lechosa sobre los cielos otrora prístinos de San Cristóbal Ecatepunk. Y fue así que tras el correr de los años entre inclemencias y penurias variopintas, supo que quería irse en una de esas naves intergalácticas para escaparse de este mundo encanijado. Pero después de esperar con angustia y durante tantos años a que las naves vinieran por ella, empezó a sentirse embargada por una desilusión más grande que la vida misma. Cuando ya no pudo seguir esperando, llamó a sus perros, que se llamaban Maussan y Jaime, y les pidió que fueran a buscar a aquellos viajeros nunca llegados. Entonces los perros, siguiendo el rastro luminoso de todo objeto volador que se les cruzara, se fueron a andar muy lejos y hasta muy tarde, más allá de los confines de la última barranca, que de noche parecía infinita y doblaba al tiempo, y en aquella lejanía no encontraron nave alguna, pero sí un montón de elefantes alados sosteniendo todo el horizonte, y recogiendo la ceniza de muchos mundos regados por ahí, para juntarlas frente al fuego de un universo nuevo y viejo a la vez, más allá de la razón de los abismos basurizados. Por lo menos eso fue lo que le contaron a Doña Mary cuando regresaron con los ojos llenos del humo y las lagañas de los sueños de los perros. Y desde entonces, ella sigue con la esperanza de que uno de estos días, las naves vengan por ella y se la lleven ahora sí para siempre, fuera de este eterno terregal de desgracias, malas mañas y ríos muertos de aguas negras.
II
Mientras tanto, ya dieron las cuatro de la mañana y el ladrido de los perros la despertó.Como puede y levantándose contra todas las fuerzas que la mantienen agarrada a la tierra,incluyendo la eterna pierna tumefacta, Doña Mary se levanta, por obra y gracia de los ladridos de Maussan y Jaime, que a esa hora se ponen a espantar espíritus chocarreros.
Siente entonces como cada centímetro de adormecimiento es invadido y estimulado por el frío murmurador y los alientos del sereno. ¡Ay!, quiere soñar tantito más, con las lucecitas en el cielo inyectado de rojos y azules infinitos. Pero se hace tarde y entonces se pone de pie. Como siempre, hace su oración de amanecida, deja la cama tendida y acomoda su altarcito, su rosario y su San Charbel. Luego se va derecho al baño a lavarse la boca y de ahí a la cocina a prender el boiler y abrir las ventanas, busca después su chal y se lo pone antes de salir al patio, no vaya a ser que le quede la boca chueca por el golpe de frío, como le pasó a su prima Teresa. Se pone a limpiar el patio a los perros, que le hacen fiesta y le dan tremendos chupetones y mordiditas cariñosas. Mary les deja a los perros sus bolillos con arroz y cabezas de pollo y se mete a desayunar algo. Toma una taza grande de atole de avena, se calienta un poco de sopa de fideo de ayer y se come dos bolillos con frijoles pasados por el comal; luego acomoda los trastes ya secos de la cena, lava los del desayuno y se mete a bañar. A las 5,15 de la mañana ya está lista y saliendo de camino a la parada de la combi, ruta 333, dejando una nube penetrante de Teatrical tras de sí.
Cinco calles abajo está la parada. Se asegura de haber acomodado bien sus cuatro monederos con sus respectivas morrallas en cada uno. Si le quitan el que trae de anzuelo,bien visible en su bolsita de mano, entonces le quedan otros tres: uno oculto en el dobladillo de la falda, otro dentro del brasier y, finalmente, el más recóndito, con los billetes hechos rollito, acomodado en una bolsita cosida dentro de la gorra vieja que se pone todas las mañanas como mecapalera de camino al trabajo. Una geografía de ocultamientos es lo que se ha vuelto su cuerpo, para sortear el torvo y nervioso temblor de las manos tiesas de los muchos rateros de ojos reventados que abordan las combis de la 333, con rumbo a La Cañada, y de ahí a la ciudad de los palacios amurallados donde trabaja haciendo la limpieza en un edificio de oficinas fractalizadas.
La han asaltado ya demasiadas veces en la combi. Es clienta, le han dicho por ahí. Le ha tocado curtirse a la mala. A estas alturas, Doña Mary conoce bien a los malandros, con sus gorritas sudadas, las sudaderas como manchones negros, los ojos reventados cual huevos cocidos que caen de un lado para el otro evadiendo la mirada de las víctimas y, claro, el infaltable labio inferior tartamudo e hinchado. Luego viene el grito horrísono desatado cual Leviatán de las periferias abultadas, “¡ya valió madres! ¡No la hagan de pedo o aquí empiezo a soltar pinches tiros y me vale madres a quien le caigan!”, y no falta el alarido entrecortado, el miedo frente al fogón tartamudo apuntando a la cara, cual agujero negro que trae horrores resonantes; luego más gritos y cristos jesuses, el cachazo en la cabeza y más miserias entre violentas interrupciones del presente, un presente que nunca es de uno, sino que está dado tanto al sacrificio como a la jodidez de avernos y violencias que caen de todos lados, desollando el aliento vital, curtiendo con muerte excesiva los cuerpos, tornándose amenaza perenne que ya vive en el cuerpo y la sangre de cada cual. Al final es la vida misma, esa que parece despegarse del cuerpo de chamaquitos, señoras, viejitos y muchachas que lloran, desmayan, mientan madres y reviven.
Una vez le tocó a Doña Mary que los rateros se apalabraran con un señor que no quería darles el celular, y entonces vinieron los jalones de greñas porque el señor se puso a rezongar, y de ahí los clamores sufridores, las ñáñaras intensas, unos pisotones mecos, y luego dos tiros que acabaron dando en la panza de una señora que, primero, lanzó un gemido agudo e intenso al sentir la mordida hirviente de los impactos, pero después empezó a sollozar con miedo reptante, mientras la sangre iba haciéndose camino en el piso de la combi retacado de bultos, bolsas, mochilas y gente descompuesta en gran tambache.
Los cacos le gritaban al chofer que los dejara bajar. “¡Órale cabrón! ¡Párate aquí! ¡Y ustedes tranquilos culeros o van a valer verga!”. Al parar de golpe el cacharro, los dos hombres bajaron rápido, dejando tanta pena como gimoteos de muerte tras de sí. Luego el chofer, pálido y sudoroso, volvió a arrancar. Doña Mary recuerda que entre los pasajeros estuvieron auxiliando a la señora, que se fue poniendo cada vez más pálida. Pidieron al chofer que parara nuevamente para pedir una ambulancia, cosa que hizo unas cuadras más adelante para alejarse un tanto más del lugar donde los ladrones habían bajado. Entonces acostaron a la señora en el piso del bólido y Mary recuerda cómo le agarraba la mano con fuerza y rezaba, acompañando a la mujer en el trance doloroso en lo que llegaba la ambulancia, pero la señora murió antes de que llegara la ayuda médica, que tardó tanto que casi se les olvidó que la habían pedido. Dios venga y se lleve a los malditos asaltantes a la tierra de las lenguas murmuradoras, decía Doña Mary con ira impotente. Y, como siempre, rezaba el Justo Juez: aléjalos de mí, hazme invisible para ellos, líbrame de sus legiones, sean presencia o espectral existencia, cúbreme con tu sombra trascendental, vuélvelos ciegos con tu luz sempiterna y aparta todo mal de mí si es tu voluntad. Todos los días reza y pide por la señora, sus hermanas y hermanos, los nietos y sus dos hijas. Supo que la señora muerta se llamaba Amada y que ese día iba a ver su hija en Iztapalapa.
Ya en la Cañada, baja de la combi y sabe que ha librado el primer escollo, falta el regreso por la tarde, pero ya Dios dirá. Ahora debe agarrar otro camión, rumbo a la colonia Defensores de la Nación, esquina con Mártires de la Anunciación, para estar en la oficina en punto de las nueve de la mañana.
Continuará...
Doctor en Filosofía Contemporánea (BUAP) y Maestro en Filosofía de la Ciencia (UNAM), especializado en Humanidades Ecológicas e Historia del Pensamiento Económico. Sus intereses abarcan el diálogo entre la filosofía y las ciencias sociales, y en particular el cruce entre ecosofía, ecología política y economía ecológica. Le interesan tanto los desafíos del mundo contemporáneo como temas de investigación trascendental sobre fenómenos aéreos anómalos que suscitan acontecimientos narrativos periféricos. IG: @pareborico_sonoro
