
Crónica inverosímil de la abducción de Doña Mary / Parte 2
¿Extraterrestres? ¿Una abducción en pleno Ecatepec? Algo muy extraño ocurrió con Doña Mary y, como suele pasar con los asuntos de otros mundos, las explicaciones no abundan.
COLUMNASEL SUEÑO DEL EQUILIBRISTA
Alexander Ganem / México
11/3/20268 min read


III
Al cinco para las nueve ya está en el trabajo. Da los buenos días a quien se encuentra y se va derecho al almacén. Agarra el uniforme y se cambia en el baño. Luego agarra sus utensilios y empieza la larga faena, limpiando aquí y allá, escaleras interminables, salones, bodegas húmedas, techos tronantes, polvos perennes, excusados y montañas de ruinas sobre ruinas en la oficina amurallada, con su lóbrega e interminable suciedad y sus pasillos laberínticos.
Aunque se trata de un trabajo extenuante y mal pagado, lo considera mejor que el anterior. Debía limpiar casas llenas de polvos aciagos, preñados de abandono y ventanas atrapadas en capas de grasas envejecidas. Tenía que soportar además los ascos retorcidos de viejos y señoras torvas que le miraban las manos morenas y hacían muecas de asco, “¡ay, que no me toque la comida con sus manos prietas! ¡Es que me da horror!”. Y Doña Mary se tragaba dolores y corajes no sin estoico aplomo. Callada en un rincón de la cocina, comía cuando ya todos se habían retirado, guardando profundo silencio frente al desprecio, pero un silencio que no concedía triunfos al abyecto proceder brutalista de la miseria humana, y que, en cambio, era más contundente que cualquier burla emanada de la irracionalidad de lo racionalizado. Como si en su silencio Doña Mary resguardara las potencias de aquellos que, aunque regados por un camino de suyo invisibilizado, sostienen el mundo de privilegio de un estercolero clasista que los pisotea día tras día.
Hacia las seis de la tarde, va terminando la labor. Deja todo en orden, las cubetas, escoba, cepillos, trapos y demás utensilios van a un pequeño almacén lleno de tiliches, como el de la muñeca fea, piensa Doña Mary. Una vez que revisa que todo esté en orden, cierra bien con llave el cuarto y en el baño se cambia de ropa. Guarda el uniforme de aseo en una bolsa de plástico y se lo lleva consigo para lavarlo en la casa porque ya se está bastante sucio. Son las seis y media de la tarde cuando emprende el regreso.
IV
Empieza el estrujar de manos y los preparativos, pues es la hora en que los malhechores suelen agarrar a la gente por los pies para que se sorrajen el alma en el averno citadino. Pero Doña Mary ya está lista. Se ha puesto la gorra envejecida y el cuerpo ya está recio. Respira y hace oración antes de subir a la combi de la 333 en la terminal de la Cañada. Ya arriba, traza un mapa del espacio y el tiempo reducido de la combi, estudia cada ángulo, se planta sobre ese pequeño cosmos con sus lugares de tres y cuatro personas que habrán de llevar a diez y quince, sin contar a los parados, los niños en las piernas, los rucos que gustan de abrir retadoramente las canillas, las mochilas y los infaltables bultos retacados de quién sabe qué cosas maravillosas. El ruido es intenso a esa hora, la vendimia todavía está en su apogeo: alegrías, pasitas rancias, chocolates caducados, pastelitos kínder picados, cacahuates garapiñados, pepitas, cubrebocas, cocacolas, yakules, agüitas bonafon, chicharrones y pan dulce de colores, playeras, calcetines y calzones de resorte vencido. ¡Súbanle, súbanle, súbaanleee!
¡Quedan dos, quedan diez, quedan mil lugares! ¡A la Turba, Terregales, La Retozada! ¡Barrio 13, el Almojarifazgo! ¡Recórranse ahí en medio si me hacen el favor! Buenas tardes, dice una muchacha al subir a la combi. Buena tarde, contestan los urbanonautas de las orillas, de las esquinas del mundo devastado por los delirios suicidas del desarrollo y el progreso.
El chofer platica sobre la banqueta con una muchacha, le enseña algo en la pantalla del celular y los dos ríen con escándalo mientras ella se maquilla a lo multicolor. Luego el chofer le dice algo a la muchacha, y ella, entre sorprendida y rápidamente enfadada, lanza un atronador “¡quítate pendejo!” que acompaña con tremenda cachetada al ruco bolo entre ceja y oreja, provocando que trastabille mucho y caiga de bruces sobre la banqueta pelona con tanta danza que, del trancazo, le crujen sonoramente las entendederas, llamando con ello la atención animosa de la gente entre los puestos aledaños. Y empieza la cábula y la risotada, junto con las mentadas con babas como respuesta dada por el maltrecho chofer, y se suceden las risas gorgoteantes por todos lados, ¡quiere llorar, quiere llorar!, gritan por aquí y por allá. ¡Vámonos pues a la chingada!, grita el cafre ya tirando los primeros lagrimones. Atrabancado, se sube a la combi con ínfulas de indignación y con la cara apretada que ya se comienza a ver roja e hinchada. Inmediatamente lanza una nerviosa mentadita de madre a la mujer, pero ella no se arredra y le responde con tremenda caterva de majaderías, no sin dar un pisotón cataclísmico sobre las placas tectónicas de La Cañada, haciendo a la vez señas barrocas de desprecio al hombrecillo bolo que, devastado ante el desplante, arranca con prisa el vehículo, con el impulso de quien va a cobrar herencia o más bien está huyendo de la Parca.
Y nadie lo nota en el momento, pero algo empieza a resplandecer por aquí y por allá, una lucecita primero mortecina y luego de saltimbanqui alegre. Mary se da cuenta después de unos minutos, y de pronto el pecho se le llena de aire. ¿Será, será?, se va preguntando cuando ya la combi, tras vencer una espesa barrera de carros embotellados, agarra franco por la carretera. Señales de los cielos, vienen los rateros, viene el fin del mundo fin. En eso, dos sujetos hacen la parada, gorra negra, gorra azul, dime cuantos años tienes tú. Mary aprieta los dientes hasta sentir que le sangran tantito las encías. Los tipos se suben con toda la pátina bien puesta: la sudaderita abultada, la mirada alienada, el bigote achaparrado, las piernas bien abiertas y la mano en el bajo vientre sobre el presumible cuete. Mary se da cuenta de todo y siente como se le yergue el alma. Aquellos ya se sentaron aquí y allá, buscando dominarlo todo dentro. Y una vez alcanzados los 55 km por hora, uno de ellos se mete la mano en los calzones y va a sacar el fogón cuando de repente, todo empieza a alaaaaaaaaaaaaaaarrrrrrgaaaaaaaarrrssseeeeee…
¡Ay canijooooo!, dice sobresaltado uno de los pasajeros, saliendo abruptamente del mutismo lapidario derivado de un profundo agotamiento, y el gandalla que andaba ya desenvainando la matraca empieza a gritar “¡Órenle hijos de su tal por cual, cáiganse con…!, cuando de pronto, suena un certero ¡¡¡¡¡¡CRAAAAJJJJ!!!!!!, tras recibir el ladrón un pomposo guamazo en la mollera que, en el acto, le hace sentir un feo temblor de sentaderas de 7 grados en la escala de Richter. Y es ahí que todos voltean pa’rriba divisando a la mujer que cae como relámpago sobre el lépero aquel, cortando el aire enrarecido con toda su furia justiciera; una amazona sexagenaria que no es otra que Doña Mary, que ahora le sorraja tremendo fregadazo de pierna hinchada sin darle espacio de reconstitución ontológica alguna al ratero anticósmico. Cae el huerco en dos segundos, apenas logrando dejar salir su alma hecha babas guangas por el hocico descompuesto.
Por su parte, el otro amante de lo ajeno, sin apenas entender qué carambas anda sucediendo, voltea para ver de dónde viene aquello y se topa de bruces con el puño flamígero de Doña Mary, que ahora cae sobre él dividiéndole el ser en dos sustancias, totalizadas en gran licuado infrahumano por tan fecundo golpazo, reduciendo al maltrecho chorizo a pura materialidad bruta y todavía sin cuajar. Todo sucede vertiginosamente, tan rápido que el chofer, que anda todavía lloroso por su pública humillación, ni cuenta se da de lo que atrás es ya acontecimiento y refundación.
Doña Mary detiene así la potencial agresión, pero sigue ahí la furia endemoniada que irradia calores galácticos, tan intensa como aquel fuetazo de potenciales fortísimos que acaba de quebrar a los gandules, y de repente le viene un dolor de cabeza fuerte y cimbrador. Doña Mary grita como cuando dio a luz por primera vez, y en eso le llega un desvanecimiento que la hace tambalearse y perder el equilibrio mientras siente como el cuerpo le estalla en mil pedazos de vidrio requemado, cayendo de hinojos en medio de la combi en una especie de trance de extravíos metacósmicos que dura apenas unos segundos. ¡Ahí vienen! ¡Ahí vienen otra vez esos cabrones!, empieza a gritar ahora, recobrando fúrica la conciencia. Los pasajeros le miran con el anonadamiento de los milagros incomprensibles que en veces asaltan el automatismo irreflexivo de la nostra monstrua vita. ¿Señora está bien?, pregunta por fin la muchacha que subió en la base y empieza a darle auxilio y echarle aire con hartas ganas mientras Doña Mary se frunce entre feos retorcimientos de su cuerpo todo. Y luego, uno de los pasajeros le grita al chofer que pare, que hay que ver qué hacer y que se detenga para socorrer a la señora. Aquí adelante hay dónde parar, dice el chofer sudando copiosamante, porque aquí en la curva no se puede.
Poco a poco, con ayuda de los otros pasajeros, Doña Mary se levanta del piso de la combi y abre los ojos. Ve que los rateros siguen noqueados por su fulminante embestida, pero ahora siente con más claridad un nuevo peligro que ya se cierne sobre el vehículo.
¡Ya nos agarraron chingau!, dice con garraspera guerrera, ¡están aquí arriba los cabrones! Y en eso, un fuerte zumbido atraviesa toda la combi de cabo a rabo, diluyendo las fronteras entre forma y materia. Todos vociferan atacados por un temblor intenso y sienten el carro despegarse del piso entre bamboleos rítmicos, atrapado por una especie de gelatina hecha de un humo fino de olor dulzón. En aquel brete inesperado, cruzados por una radiación azulosa que adormila el cuerpo, sienten como si la piel se les desprendiera de la carne, y gritan notando cómo el alarido se torna rápidamente inaudible, y luego viene una luz enceguecedora junto con una voz que dice, “Mary, ya llegamos. Ya vinimos por ti”. Y Mary, con furia renovada y enceguecida, sólo alcanza a clamar, “ahora sí pinches rateros, déjense venir hijos de su…”. Y los que van en la combi ya nomás alcanzan a ver cómo, en una proeza inefable, Mary asciende suavemente a través de la ventana arrastrando la pierna mala atravesada por un mapa varicoso para colocarse en el techo de la combi mientras lanza teas ardientes por los ojos, plantándose con gesto atronador en medio de una nube de ráfagas y rayos destructores frente a lo que primero parece un sol calcinante, y luego se ve como una esfera multicolor que va tragando la combi poco a poco, ante la mirada horrorizada de los sollozantes pasajeros, que se ven llevados hacia el fondo insondable de los universos que dentro de aquella esfera se reproducen en una marisma de polvo estelar presa de la infinitud, deviniendo en múltiples eternidades inconmensurables. Y en medio de aquel aleph, tan solo Doña Mary permanece, imbatible, recibiendo al cosmos en su totalidad en el iris transustancial de sus ojos iracundos. ¡Pinches rateros cabrones! ¡Ahora sí va la mía hijos de su…!, se oye que alcanza a decir, para luego pegar un brinco olímpico desde el techo de la combi hasta el interior del lumínico objeto volador; ¡¡¡¡¡¡¡¡yyyaaaaaaiiiiiiii!!!!!!!, se oye que grita Doña Mary, perdiéndose inmediatamente entre fogonazos de destellos grandilocuentes en el firmamento de aquella noche en que, improbablemente, los OVNIS vinieron para llevársela.
Alexander Ganem es Doctor en Filosofía Contemporánea (BUAP) y Maestro en Filosofía de la Ciencia (UNAM), especializado en Humanidades Ecológicas e Historia del Pensamiento Económico. Sus intereses abarcan el diálogo entre la filosofía y las ciencias sociales, y en particular el cruce entre ecosofía, ecología política y economía ecológica. Le interesan tanto los desafíos del mundo contemporáneo como temas de investigación trascendental sobre fenómenos aéreos anómalos que suscitan acontecimientos narrativos periféricos. IG: @pareborico_sonoro
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