El concierto se mira gritando

Notas de campo sobre Caifanes (cuando, por cierto, no encontré tacos posconcierto)

TACO POSTCONCIERTOCOLUMNAS

Héctor Sapiña Flores / México

8/1/20268 min read

LEY DEL FANDAR (radar fan): Todo fan reconoce a otro fan, aunque no sean fans de lo mismo.Para hacerlo, identifican la unidad mínima de significado-fan, a la que denominaremos el fanema.

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Por extraños azares acabé yendo al concierto de Caifanes con mi esposa. Ella es un poco fan de la banda (porque le gustaba a su crush secreto de la prepa). Yo no tanto. Me gustan, pero no me purgan el alma. Entonces gocé de un privilegio inesperado: mi posición me permitió la “observación participante”, como dicen los etnógrafos. No estuve adentro adentro de la pasión, pero tampoco estuve afuera.

1. Los Señores Anticonciertos nos preguntan burlonamente:

¿Por qué pagar por el boleto cuando puedo ver el concierto grabado desde la comodidad de mi casa?

Siendo sincero, esta queja recurrente me hace hervir la sangre. Pero qué flojera ponernos a pelear. Examinemos, mejor, los posibles argumentos que la sostienen (porque toda queja oculta una tesis por desarrollar):

a) Ir a un concierto es caro, incómodo y, a veces, incluso peligroso.

b) La gran industria musical ya no tiene como prioridad al cliente (si es que alguna vez lo tuvo). En general, la mercadología de nuestra época ya no se preocupa por nosotros cuando su espectro rebasa el nicho. El algoritmo finge personalización, pero vale pa pura caquis. Un producto de masas tiene otras jerarquías, principalmente la eficiencia operativa. Como tienen clientela segura, poco importa si uno o dos quedan insatisfechos. De ahí el precio descarado de varios eventos masivos o la falta de cuidado en algunos servicios.

Creo que esos dos puntos agotan todo el argumento. Con todo, son de bastante peso.

*Ah, no lo había dicho, pero hoy hablo específicamente de los conciertos masivos. Los que nos vienen a la mente a casi todos con la palabra “concierto”.

¿Por qué, entonces, hay quienes nos empecinamos en ir al concierto?

Cuando se es fan de algo, es comprensible. 36 meses de deudas, pies rotos, insolación, etc.

Pero… ¿en mi caso con Caifanes?

La verdad es que sí nos presentó dificultades. Desde el transporte y el clima hasta la seguridad y las finanzas caseras, fue una decisión medio deschavetada. ¿Por qué ir?

Por otro lado…

¿Por qué no?

2. El fan de periferia.

Conseguimos el boleto más barato. En la periquera. Como consecuencia fui doblemente periférico:

Primero, porque no soy fan de Caifanes y ahí me fui a parar entre los que sí darían sus extremidades por Saúl Hernández.

Segundo, porque me senté en la frontera donde acaba el espacio espectacular. Atrás de mí estaban el viento y el inicio de la vida cotidiana.

Consecuencia a la 2 potencia, sufrí doble FOMO:

1º Quisiera saberme las canciones al 100% como los presentes y gritarlas.

2º Quisiera estar en la zona general donde ebulle la euforia.

Acá arriba no puede uno brincar tanto o muere. En la zona general brinco una vez y la aplastación de la gente me mantiene arriba. O quizá es el sudor combinado con los vapores de cintura que nos propulsan como al Apolo 13.

Acá atrás el espíritu de porra necesita doble esfuerzo para escucharse. Hay cierto aislamiento. Y como no todos son fans fanssss de repente se aburren. Entonces, mientras la banda habla de los perritos que se encontró o de unos niños a los que abrazaron, los no-tan-fans empiezan a hacer una ola. Como esos niños que se distraen en las filas de atrás de la clase. Pero la ola es un poco débil. La verdad es que casi todos están viendo hacia el frente y no se dan cuenta de que a su lado hay un esfuerzo colectivo por jugar con el relieve hormigueante.

Eso sí, cuando se logra encadenar, la coordinación de la audiencia es tan grande que alcanza la atención hasta de los artistas en el escenario. Y la respuesta verbal de la banda nos pone eufóricos porque ¡sí nos vio! ¡sí nos hizo caso! Entonces el público se descubre incluido a pesar de estar hasta el fondo, en el rincón que al parecer nadie pelaba.

En consecuencia, sucede algo mágico: los fragmentos que parecían aislados comienzan a involucrarse. De verdad es magia…como uno da de esas bellezas biológicas originarias.

En el gran párrafo del concierto, los de hasta al fondo se percibían a sí mismos como notas al pie, y de pronto adquirieron función en la sintaxis del cuerpo textual. En ese momento, ya convencidos de que los de atrás también son vistos por Hernández, empieza “No dejes que”.

Todos se entregan al canto.

3. ¿Por qué pagar si vas hasta atrás?

Cierto, acá atrás padezco de doble FOMO, pero perooo perooooo, tengo un privilegio: el espectáculo es doble.

Veo el concierto mirando al fan mirando el concierto.

¡Y, y, y! Otra cosa:

El concierto en el concierto no se ve a secas. El verbo ver se queda corto. Demasiado pasivo.

Ese es nuestro principal argumento contra Los Señores Anticonciertos.

En tu casa puedes ver el concierto desde la comodidad de tu apestoso sillón favorito (no es burla, lo juro, yo tengo mi propio apestoso; si no apesta, entonces no le dedicas el tiempo suficiente de lectura y series y películas y música). Sin embargo, dentro del concierto, además de usar los ojos, usas el cuerpo. Miras desde las uñas hasta los pelos.

El concierto se mira gritando. Va hacia adentro y hacia afuera simultáneamente. Y se mira tocando: los hombros ajenos, los vapores ajenos, la saliva del de atrás. Ya ni modo, en ese momento no cuenta como algo incómodo, ni apestoso (como tu sillón).

En tu sillón apestoso puedes combinar la vista con la comida, claro. Y no será una cerveza de pinches $200. Y es menos probable que esté adulterada. De acuerdo.

Pero el sillón apestoso no reemplaza la presencia de al menos 5mil espectadores que provocan microtemblores en sus centros la tierra.

El concierto en casa es audiovisual. El concierto dentro del concierto es multimodal: la música se hace sobre los cuerpos.

4. Sobre el lenguaje de la audiencia y su dialecto en México

Primero otras leyes:

A. Eso que en el futbol llaman el jugador número 12 es equivalente al fan en el concierto. Tiene responsabilidades y compromisos respecto a la ejecución.

B. Esas responsabilidades establecen protocolos que forman códigos. O sea, hay un lenguaje.

C. Cada región del concierto tiene sus propios protocolos. O sea, hay dialectos.

Para ilustrarlas:

Más o menos a los 7 años fui a un concierto de Luis Miguel (o quizá fue en el de Magneto) y aprendí el protocolo básico de la audiencia mexicana en el concierto masivo de pop: si el artista se echa una canción “movida”, te paras. Si se echa una “lenta”, te sientas y/o prendes un encendedor que sostienes alto y mueves a ritmo balada.

Sentarse sirve para descansar. Pero como mexicanos sentimos culpa. ¡Estar echadotes mientras el otro se está súper desgastando en el escenario se ve grosero con el anfitrión! Entonces hay que compensar; mínimo levanta un brazo.

Y que vea que levantaste el brazo, que le echaste ganas a la levantada de brazo. Prende el encendedor (que ahora se ha convertido en el celular), muévelo un poquito.

Dicho sea de paso, aprendí el protocolo del concierto a la misma edad que entendí que la misa tenía cierta estructura. Y también llevaba unos años yendo a la escuela. Entonces, en mi cabeza, todos esos asuntos públicos consistían en saber cuándo te levantas y cuándo te sientas.

Regresando al punto: el latinoamericano se siente comprometido con quien ofrece el espectáculo. Un contraste: por ahí de los 12 años me tocó la suerte de ir a un concierto de Madonna en Miami porque mi hermano es fan de Madonna y en aquel entonces anunció su primer tour de despedida (uno de varios por lo que veo), así que el papá se endeudó con tal de ir a ver a Madonna porque no sabíamos si algún día se iba a dignar a venir a México otra vez.

Y ahí vamos…y, oh maldita sorpresa, ¡los gringos prefieren ver el concierto sentados! Obviamente nos paramos cuando empezó, nunca nos sentamos. Pero los viejos güeros de atrás se enojaron y nos gritaban “hey! Amigou amigou! sit daoun!” (Pinches gringos.)

Y ahora, además de pensar “pinches gringos”, caigo en cuenta: ellos piensan que el entretenimiento es un servicio al que está obligada la persona a la que le pagas. Y que uno, como en el cine o en esos hoteles “Resorts”, va a sentarse pasivamente a recibir el servicio. Para ese caso, el argumento del Señor Anticoncierto tiene todo el sentido del mundo: mejor echarte a apestar el sillón propio con tu cola gringa que gastar por ir a apestar una banca de plástico ajena. Por eso me caen mal los panistas que reciben su boleto de prensa gratis y se ponen en primera fila a platicar sin pelar al artista desviviéndose en performance frente a ellos. Piensan que el concierto es evento social, no ritual. En fin…

El dialecto-de-audiencia gringo es fast-food, mientras que el dialecto-de-audiencia-mexicano es ritual. 500 años de misa multimodal y multisensorial nos preparan para recibir la Canción con mucha mayor sensualidad.

Por supuesto hay otras variantes del lenguaje. Sabemos acomodar nuestra participación según el evento: no es lo mismo una arena en un concierto de pop o rock masivo, que una arena de luchas, o de un festival, ni una cámara de música académica o un ensamble medieval en una taberna; ni mucho menos el fandango vivo vs el ballet folclórico. Ya iremos explorando cada contexto y sus respectivos dialectos.

Un adelanto: el dialecto francés será siempre el mismo, independientemente del contexto. Reciben con solemnidad lo mismo el concierto de orquesta y el órgano de iglesia que el folk metal o el espectáculo callejero circense en sus ferias medievales. Los franceses tienen la Ilustración metida hasta la garganta, sólo se alocan cuando hay que hacer la revolución o la orgía, pero su protocolo y amor por la gramática se impone hasta en el desorden. Incluso su ejecución del absurdo parece coherente. Por eso les parecemos desmedidos, exacerbados, porque en el concierto o la afición llevamos a cabo un desbordante cortejo con la aniquilación. Pero no. Es sólo el cuerpo mirando con gritos.

5. Por cierto, desventura máxima: no encontramos taquerías abiertas al salir de Caifanes. Mala decisión: nos alejamos mucho de las áreas activas confiando en que habría algún local cerca de casa. Maldito sea el Estado de México por cerrar sus taquerías temprano. O maldita sea la inseguridad.

Ahora que… si lo pienso mejor: no merecía el taco posconcierto ese día porque no soy un verdadero fan de Caifanes y Dios sólo premia con tacos a quien visita la Basílica con devoción auténtica.

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Héctor Sapiña Flores: Es escritor, profesor y “postfan”. Obtuvo la maestría en Letras (UNAM) con una investigación sobre ciencia ficción mexicana y es maestrante en Comunicación (UACH). Ganador del 2º lugar en el premio de ensayo sobre una Sociedad Sustentable de la Revista de la Universidad de México. Recientemente publicó la plaquette Crasística y participa en varios proyectos de creación y difusión de la ciencia ficción en México. Miembro de la Sociedad Tolkiendili México, Smial Endisilnor. Redes: FB @hector.sapinaflores / Tiktok @h.sapina28 / IG @hsapina19

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