Himalaya; un día largo

Martha Camacho: Cuentito dedicado a Mical Karina García, por la ternura radical, creer en cambiar al mundo y su fe en mí, como escritora.

TROZOS DEL MUNDOCOLUMNAS

Martha Camacho / México

9/15/202613 min read

Russ Brice miró a Aang Phurba. Frunció el ceño.

—Tienes 19 años y eres un pendejo. No admito niños en el trabajo, Phurba.

El sherpa sonrió y le extendió la taza de té, humeante; el frío normal de seis bajo cero en Campo Base lo merecía.

—Tsk. Buenos días para ti también, patrón. Ni creas que te llamaré sahib. Ni siquiera Norgay lo hizo.

Russ soltó la carcajada. Aang Phurba Sherpa era un niño prodigio y no de alpinismo. Era un matemático educado en Nueva Delhi primero y después en Saint John's Cambridge. Sipe. Donde Isaac Newton lo había hecho.

—¿Y ahora qué demonios quieres?

—Ya sabes, patrón; hay que cerrar la tienda. Chomolungma, bendita sea (juntó las manos en el namasté) no está de humor este año para soltarte dinero. Sus faldas se derriten y es culpa de tu gente — Lo señaló con un índice enguantado.

Lo peor era que el viejo Russ sabía que Aang Phurba Sherpa tenía razón; el calentamiento global los estaba jodiendo y lo había visto venir desde antes de su retiro y después de su regreso.

Chomolungma ya no era estable; dio gracias por el cambio de nombre.

Jorge Everest no tenía ni tuvo derecho a quitárselo jamás y la Santa Madre de toda la Tierra merecía reverencia y respeto.

Gruñó, tenía derecho a comportarse como un viejo de 75 años, por más que todavía pudiera andar tranquilo 20 kilómetros sin despeinarse; había vivido demasiado tiempo en las faldas de la montaña para olvidar.

Había visto morir a los sherpa en el Khumbu y lo que vino después. El 18 de abril de 2014, dieciséis hombres que trabajaban en la Cascada quedaron bajo una avalancha de hielo. No eran turistas ni millonarios buscando una fotografía para presumir en casa. Eran quienes llevaban las tiendas, el oxígeno, las cuerdas, el combustible y la comida montaña arriba; quienes cruzaban una y otra vez las escaleras en aquella maldita cascada para que los clientes pudieran llamarse montañeros. El accidente fue, hasta entonces, el desastre más mortífero de la historia de Chomolungma. Y entonces vino la parte que Russ nunca logró tragarse. El gobierno ofreció a las familias cuarenta mil rupias: poco más de cuatrocientos dólares, una ayuda para los gastos del funeral. Eso fue todo. Las empresas tenían seguros obligatorios, pero el pago básico a una familia rondaba los diez mil dólares; los sherpa exigieron que aumentara, además de que se atendieran a los heridos y se protegiera a las familias si la tienda se cerraba, es decir, cancelar temporada.


Los occidentales habían pagado decenas de miles de dólares por subir; los guías occidentales podían ganar cincuenta mil dólares o más durante una temporada. Los sherpa, aun cargando con la mayoría del trabajo y atravesando treinta o cuarenta veces el tramo más peligroso del recorrido, ganaban en promedio alrededor de cinco mil. Algunos trabajadores de las empresas más miserables recibían menos de mil. Entonces dijeron basta, no fue una rabieta, no fue que se hubieran asustado. Fue una huelga en toda forma.


Los hombres del pueblo más capaz para subir montañas en todo el planeta querían mejores seguros, atención médica para los heridos, protección para las familias, un fondo para los accidentes y que se les pagara aun cuando una tragedia obligara a cancelar la temporada. Querían, simplemente, que sus vidas valieran algo más que el dinero que un extranjero había pagado por llegar a la cima. Querían un trato mínimamente decente y humano. Y Russ había bajado con ellos, apoyado la huelga y cerrado la tienda, pérdidas y berrinches de por medio. Ni siquiera se despeinó.

Después, como una gota más de karma, vino el terremoto.

El 25 de abril de 2015, un sismo de magnitud 7.8 sacudió Nepal. Chomolungma respondió como bestia herida. Una avalancha cayó desde el Pumori sobre Campo Base y mató e hirió a decenas de personas; el desastre volvió a demostrar que, quienes trabajaban en la montaña, eran quienes pagaban el precio más alto. El Everest fue cerrando una temporada tras otra a fuerza de cadáveres, huelgas y terremotos. Russ sacudió la cabeza entre tanto recuerdo.

Aang no paró de sonreír y dejó caer las hojas impresas, lo cual asombró un poco al viejo neozelandés.

—¿Subiste esto sólo para callarme?

El sherpa negó con la cabeza.

—Lloqsan Dharma lo hizo, patrón. Pemba Khan juntó los datos.

Russ rechinó los dientes y se tragó el orgullo, al mismo tiempo que dio gracias por dentro. Estos sherpa no eran chicos tímidos, obedientes y callados, y tampoco campesinos resignados; para nada.

Desde Phurba Tashi, organizador de la huelga de guías de montaña en 2014, hasta David ‘Dave’ Mingma, prácticamente heredero del imperio de Nims, estos nuevos héroes eran por lo menos estudiantes y por lo más, doctores en diferentes ciencias.

Y Lloqsan era climatólogo, más atento a los patrones de la montaña que cualquier occidental y peor aún: la conocía íntimamente, habiendo nacido en Khumjung.

Everest y Llothse y Makalu.

Lloqsan tenía tres ochomiles en su récord y tan muerto de la risa como todos los sherpas jóvenes, la nueva generación que se movía en Instagram, vendía sus propios trekkings en Facebook y se negaba a darle crédito a ningún occidental. Bien. Muy bien.

El dinero de la fundación, que había pagado las escuelas de estos chicos, las becas, hasta sus calcetines, había salido del bolsillo de Russ y otros como él, y del mismísimo Ed Hillary, primer conquistador del Everest. Hillary siempre se arrepintió de haber hecho la pista aérea de Lukla, acceso primario para los Himalaya y para la invasión de montañistas. Ahora esos mismos montañistas se amontonaban en la famosa «fila del Walmart», justo en el escalón que llevaba su nombre.

Tsk.

Russ tomó el mapa; Lloqsan se había cuidado de poner todos los datos de Pemba, trabajados por Aang en colores, y ser lo más explícito posible. Justo en ese momento alguien más aprovechó para entrar: Laura, la médica española y parlanchina hasta decir basta, porque ella era la otra parte de la invasión.

Junto con los sherpa nuevos, estaban las mujeres; la princesa de Omán, la diosa Lakhsa y sus catorce cumbres y el montón de chicas que no sólo no tenían miedo de la montaña sino de ningún hombre.

Arumna, la ingeniera indocanadiense a cargo de las escaleras en Khumbu, le dio una buena paliza a Pemba en Campo Base; también lo abandonó, lo dejó llorando y se dio el lujo de parir al hijo de ambos y ni siquiera avisarle.

Y el sherpa seguía callado, sin sonreír, hundido en su orgullo y oculto tras el bigote ralo, siendo la burla de todos porque, ¿a qué ridículo se le ocurre maltratar a una mujer en la cima del mundo? ¿Más si ella lo amaba?

Con todo, Pemba Khan y Lloqsan Dharma eran sus monitores de confianza para las dos alas de la montaña, incluida la Cascada Khumbu, primera subida a la montaña, ese infierno de seracs y grietas que jamás dejaba de moverse, sembradora de muertes todos los días desde la pasada temporada.

—¿Qué quieres, doctora? —resopló Russ, como el yak viejo que era.

—Fijaciones de yeso, una caja de férulas y penicilina. El helicóptero no ha llegado, patrón. ¿Necesito bajar yo por ellas?

Russ se encaró a la joven, quien tenía las manos en la cintura, las coletas rubias y los ojos verdes y la cara bonita y perfecta llena de pecas por las quemaduras de ultravioleta. Alguien debía decirle a esa niña que se cuidara por lo menos del cáncer, pero nadie le daba consejos a la médica de Campo Base y Laura era ayudante de la doctora Gutiérrez, la chilena. Pobre del rebelde o macho creído que se topara con ellas porque lo bajarían más rápido que una avalancha.

El viejo neozelandés se dio cuenta de la inutilidad de abrir la boca y le tendió uno de los teléfonos satelitales. El militar a cargo que respondiera a Laura no sabía la que le esperaba; ella hablaba un nepalí perfecto y podía maldecir hasta en español mexicano.

La médica sonrió y dio media vuelta, dando chance a Russ de concentrarse en el trabajo de Lloqsan, quien fue el siguiente en aparecer, todo mostachos victorianos y enorme sonrisa.

—¿Le dijiste? —se dirigió a Aang. Éste le guiñó un ojo.

Y nuevamente, como en comedia aristofánica, se abrió la puerta-cortina y apareció ni más ni menos que Pemba Khan Sherpa, casco en mano y overol de nieve. Aang le tiró un beso y Lloqsan guiñó los ojos exageradamente. Pemba torció la boca y frunció el ceño; era extraordinario ver a un sherpa mal encarado y Russ estuvo a punto de soltar la carcajada. Pobre.

—Bueno, ya que estamos todos, ¿qué tal si te quitas de mapas de colorcitos y me explicas en un inglés cristiano qué es esto, Dharma Sherpa?

Lloqsan notó el título de respeto, extendió el mapa y puso la laptop en la mesa, a modo que todos pudieran leerlo. Pemba se sacó los anteojos y comenzó a señalar.

—Todo está hermanado, patrón…

Pemba se inclinó sobre el mapa, encerrando en sus manos el círculo de los Himalayas, luego las abrió hasta abarcar todo el planeta.

—No es sólo la inestabilidad de la Cascada Khumbu...

—O las veinte avalanchas que estamos teniendo por temporada...

—Llevamos tres en cinco días y cuatro muertos, y apenas empezó mayo...

—Mucha nieve, muchísima precipitación, placa floja por el peso y todo se viene abajo y...

—Se trae el glaciar viejo y los seracs nuevos...

—Se evapora y desestabiliza más el piso...

—Tenemos tormentas mortales en verano...

—Por más que haya menos cuarenta, el hielo no se sostiene porque es nieve floja sobre hielo viejo...

—Estamos jodidos y habrá más muertos en todo Himalaya-Karakoram si no se cierra la tienda, patrón...

—El enfermo no es el Himalaya y no es Chomolungma la enferma. Es todo, todo el maldito planeta...

Russ miraba a uno y a otro como quien mira el tenis o el ping pong.

El rostro de Lloqsan adquirió seriedad y el de Pemba se animó. Hablaban en serio y estaban preocupados. Todos saldrían perdiendo si Russ cerraba la montaña porque eso era un efecto dominó; bastaba con que una empresa diera marcha atrás para que todos lo hicieran. Dinero o no, todos querían seguir vivos y con el macizo entero inestable por el clima, nadie iba a correr riesgos, nadie.

Bueno, eso era falso; no faltaban los millonarios que pagaban helicópteros para llegar a Campo Base, tomarse una foto y bajar en pocas horas antes del derrame cerebral o el edema pulmonar. Porque uno no camina 20 días desde Kathmandú gratis, no. Es para aclimatarse y que la montaña no te mate o, por lo menos, no lo haga antes de que empieces a subirla. A esa gente, ¿cómo podían detenerla?

Russ extendió las manos, pensó unos segundos y miró a los jóvenes.

—¿Qué van a comer durante este año, eh?

Los tres se miraron entre sí y entendieron de inmediato. Laura comenzó a hablar.

—Me los puedo llevar a Patagonia, patrón. Siempre hay trabajo ahí.

Lloqsan se atusó el bigote y Russ casi giró los ojos. ¿De dónde había sacado este muchacho semejante moda? El sherpa habló.

—Yo había pensado en un trabajo un poco más serio.

—¿Ah sí? ¿Qué se te ocurrió? —dijo Aang, en nepalí. Lloqsan respondió en inglés.

—No sé…los balleneros. O Palestina…

Russ estalló.

—¿Palestina? ¿Qué carajos va a hacer un sherpa como tú en Gaza?

Todos soltaron la carcajada hasta que lo vieron serio. Sí, hablaba en serio.

—Pues pensé que si hacemos una protesta multinacional en el barco ese que lleva ayuda, también podrían hacernos caso para cuidar a Chomolungma y a todas con ella.

Russ se resistió a negar con la cabeza.

Lo dicho, estos chicos no pertenecían sólo a la tierra donde habían nacido, sino al planeta entero. Sabía que tenía que responder con la verdad.

—Lloqsan, la fundación Hillary invirtió mucho en Aang y en ti. Este mapa —señaló el impreso, lleno de colores— es la razón. Gritar en otro lado no va a conseguir que te escuchen más fuerte. Es aquí donde necesito que griten.

Fue turno de Aang.

—¿Tú necesitas? ¿Qué necesitas, patrón? ¿Lavarte las manos?

Russ se levantó, cuan alto era, los ojos azules perforando al joven frente a él.

—Te recuerdo que te fuiste a Cambridge cuando tu abuelo y yo organizamos la huelga de 2014, niño. Cuando fui yo quien bajó a toda la gente de los Himalaya. Y si esta tierra no es mía, también soy hijo de Chomolungma —el neozelandés contenía su legendaria ira—. No voy a vivir para siempre, mocoso, y ustedes son quienes tienen la voz ahora. Nims murió...

Todos bajaron la vista; la herida era muy reciente.

Nims, el cabrón que dejó a los Gurkha y el SBS británico para demostrar que los catorce ochomiles podían hacerse en seis meses y seis días, y subió después el K2 en invierno con un equipo nepalí. Nims, quien había hecho de los sherpa algo más que los hombres que cargaban las mochilas de los occidentales…

Nirmal ‘Nims’ Purja, quien había roto de una vez por todas la imagen del porteador que Hillary jamás había querido que fueran. Esa imagen estaba concentrada en la foto de Tenzing Norgay, con las banderas de Nepal, la India y el Reino Unido juntas, en 1953, sobre la cima de Chomolungma por vez primera.

Russ siguió hablando.

—Murió de forma indirecta por esto —señaló con el índice el mapa—, había demasiada nieve, una corriente de chorro caliente y varias tormentas acumuladas en el Broad Peak. Una cosa era predecirlo y esto lo confirmaba. Pero no me van a escuchar solo a mí, no fui yo quien hizo el mapa. Los necesito aquí y si tengo que alimentarlos con latas de sopa por un año, lo haré. Ir a gritar en otra parte sólo va a diluir su trabajo. Y tienes razón, Aang, yo no los necesito. Puedo largarme a mi casa en Auckland y jugar con mis nietos hasta que me muera, sin volver a pensar en ustedes, pero ¿sabes algo? Cometí el error de llegar aquí, después con Ed Hillary y amar este maldito lugar, como si mi sangre fuera sherpa. Y francamente no tengo que convencerte de nada. Ustedes sabrán lo que hacen. Lloqsan, namasté, gracias. Eres un cabrón, por cierto. Tendremos que trabajar en algo con tu mapa.

El sermón los dejó mudos de momento, instante que Russ aprovechó para sorber su té, ya frío, la mantequilla cuajándose en la superficie apenas tibia. Otro toque en la puerta; el anciano negó con la cabeza. ¿Quién ahora?

—Pase quien sea ¿Desde cuándo piden permiso para entrar?

La sonrisa enorme, los bellos ojos rasgados bordeados de kohl, el bindi rojo en su frente en contraste con los cabellos cortos y el chunni tradicional cubriendo su cuello sobre el chaleco de pluma definieron a la recién llegada.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Lloqsan y Aang miraron a Pemba, quien no había medido su descortesía. Arumna lo enfrentó como quien encuentra una garrapata de yak y no sabe si echarla a la nieve o al fuego del campamento. Se dirigió a Russ.

—Buenos días, namasté, Brice. Necesito dos tramos de escalera nueva; uno de los alemanes los soltó en la madrugada y acabaron en el fondo de la grieta IV —miró a Pemba—. Trabajo aquí.

El sherpa pareció reventar de indignación.

—¿Dónde está mi hijo?

Arumna se enderezó, cuan pequeña era, y los dos nepalíes y el neozelandés temblaron de miedo por un momento: Kali, la hindú amenazante y llena de gracia.

—Priyarii está con su abuela. Y no es asunto tuyo —decidida, se dirigió al blanco—. ¿Mis escaleras, Brice?

Priyarii, una niña. La revelación pareció atragantar a Pemba. Russ sacudió las manos.

—Ve con los americanos, que te den los tramos, y cóbrale a esos bastardos alemanes el doble en cuanto pongan pie a salvo en Campo Base, ni un minuto antes.

Arumna asintió y salió, dejando perfume a incienso y un silencio de muerte tras ella. Lloqsan fue el primero en hacer muecas.

—“¿Dónde está mi hijo, desgraciada mujer indecente a la que amo con toda mi alma?”

Aang respondió con la misma voz exagerada.

—“Ay soy una niña y seré como Lakhsa y le ganaré a Jimmy Chin y seré una mestiza famosaaaa”.

Russ giró los ojos. Pemba podía ser un imbécil, pero al lado de Lloqsan, ambos, ingeniero y climatólogo, eran un equipo formidable. Y no se diga de Aang. Muy jóvenes todos ellos.

—Si alguien los viera, diría que el Himalaya completo está condenado. Lloqsan, tenemos que preparar ese comunicado. Serio, bien escrito; ayúdale, Aang. Y, Pemba…

Aang y Lloqsan difícilmente contuvieron la risa; el aludido se enderezó, enojado aún.

—No me importa y no quiero saber cómo, pero si no arreglas las cosas con mi jefa de escaleras, te mandaré a Kathmandú a repartir folletos. ¿Está claro?

Decir que Pemba Khan palideció, sobraba; el joven asintió apenas. Russ suspiró, haciéndose de paciencia, y mientras Aang y Lloqsan conectaban las laptops a la batería solar, el anciano lo miró, frunciendo el ceño. La orden era implícita y Pemba, tragando en seco, se encasquetó los lentes y salió del domo. Los tres esperaron a reír hasta que la puerta se cerró y los pasos se perdieron en la distancia.

Bueno, un problema menos.

Arreglar ese aviso era lo que seguía y era lo más urgente; como decía Nims, no estaba en la sangre detenerse. Russ se acercó a la tetera y se dio cuenta que tendría que salir por nieve. Iba a ser un día largo.

Nota de la autora:
El texto se basa parcialmente en el film Sherpa: Trouble on Everest, documental de 2015 sobre la primera huelga de Sherpa en el Everest y sus consecuencias.

Russel Brice está retirado, su nombre y el de todos los sherpa son reales; los personajes sherpa de aquí, ficticios.

Las evidencias del calentamiento global que pudieron haber producido primero la muerte de Nims y después la riada entre Nepal y el Tíbet son cada vez más contundentes.

Por último, ésta pequeña historia se escribió después del accidente de Nirmal Purja y antes de la riada. Fue tristemente profético de alguna forma.

Un detalle muy lindo:
Efectivamente un grupo sherpa subió la bandera de Palestina a la cumbre del Everest, acompañados por el montañista palestino jordano Mostafá Salameh. Dejo la nota:
https://www.mundodeportivo.com/solonieve/20260519/1004185291/cometa-unica-cima-everest-alpinista-palestino-lleva-voz-suenos-ninos-gaza-techo-mundo.html

A todos los que no bajaron, Chomolungma los tenga en su santísimo regazo

“Detenerse no está en la sangre, señor. No lo está.”
Nirmal ‘Nimsday’ Purja

Martha Elisa Camacho Alcázar (Zacapu, Michoacán, octubre 26 de 1963). Premio Nacional de Cuento 'Efraín Huerta' 1990. Algunas menciones honoríficas que no me acuerdo. Cuentos publicados en Asimov Ciencia Ficción en Español y en varias antologías del género, así como en las revistas Espejo Humeante, Fanzine Delfos, Colectivero, Anapoyesis, y miembro activo del Gran Colisionador de Textos Especulativos desde 2021 y de la Tertulia de Ciencia Ficción de la Ciudad de México desde 2019. Miembro del Club Star Trek México Base Aztlán, USS Carroll, USS Erasmus, Capitán.

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