Historia de una vida común

Esta es la historia de Marco, que nos cuenta sobre la pérdida de los sueños, los caminos que cambian de rumbo y la posibilidad de encontrar un nuevo sentido después de una ruptura inesperada.

LOS OLVIDADOS

José Abelardo Henríquez Miranda / Chile

9/9/20264 min read

Marco Auranga jugó como volante central en un club de la liga profesional un par de años; hubo algunos halagos y fotos en su carrera y algunas llamadas de representantes. Vibraba con los partidos y transmitía a sus compañeros la energía y el entusiasmo con sus charlas; sus palabras sacaban carcajadas entre semana y semana. Tal vez con un poco más de suerte, su carrera habría resultado rutilante. El destino dijo otra cosa.

Una tarde, regresando de una reunión con amigos, perdió el control del vehículo que conducía y terminó con lesiones graves en ambas piernas. Pudo volver a caminar después de un par de años de terapia, pero el deporte nunca más sería lo mismo. Los gritos, el aliento de la hinchada, el camarín de cada semana, la vida de colores y banderas se terminaban. 

Muchas veces no hay una gran historia detrás de los deseos y ambiciones de personas comunes, solo intenciones que terminan bien o más o menos, apagándose entre días y noches interminables. Marco la pasó mal en esa época; pero se dio cuenta de que no le gustaba estar callado mirando por la ventana de su departamento de eterno soltero.

Extrañaba sentir el contacto con las personas, por lo que buscó cómo levantarse. No quiso contactar a sus antiguos compañeros porque nunca le gustó dar lástima.

Desanduvo sus pasos y emprendió con un carrito de completos con el que compartía las tardes cerca del estadio; platicaba con los transeúntes, relataba anécdotas. La vida no daba para lujos, pero alcanzaba para dormir tranquilo a fin de mes y escapar del silencio, conversando con extraños en cada jornada, aunque fuera lejos de la cancha. Todo parecía funcionar regularmente, hasta que la pandemia enmudeció el fútbol y con ello su negocio.


Descorazonado con esta forzada soledad, mientras todos estaban encerrados, él miraba por la ventana el paso del sol cada jornada, preguntándose qué haría con la mala suerte que lo desafiaba. Nunca fue derrotista, así que aprendió el oficio de paramédico y se unió a una flota de ambulancias.

Luchaba contra la muerte y sentía que ayudaba a muchos, pero ahora las conversaciones eran escuetas, se usaban las palabras justas, el apoyo y el consuelo medidos y no alcanzaba el día para contar historias. Los tiempos libres eran para descansar como fuera; aprendió a no necesitar conversar con alguien para tener un par de horas de sueño decente.

Si bien el tiempo desgastó su resistencia, el final de la pandemia lo encontró entero. Quería seguir, pero una vez más, las cosas no se dieron. La empresa cerró por la baja en la demanda y Marco volvió a su departamento.

Se tomó unas vacaciones cortas para pensar cómo empezaba de nuevo. Todo era más fácil sin familia, podía partir a cualquier lugar sin ataduras; fue así como terminó de ayudante de transportistas de cargas peligrosas. Camiones especiales para transportar explosivos, combustibles y venenos que se necesitaban en alguna parte y que debían descargarse con prontitud.

Aquí se adentró en el silencio; los años trabajando en turnos largos sirvieron para jornadas con muchas distancias, donde las caras cambiaban en cada viaje. Aprendió que para la mayoría de los que hacían este trabajo, conversar de la vida no era lo más valioso y lo perfeccionó en cada ocasión.

Marco Auranga nunca pensó en sueños grandes; sus ojos siempre tenían optimismo de corto plazo. Cada viaje terminaba con un pago y unos días libres, hasta el siguiente encargo, nuevas caras y destinos. En el intertanto aplanaba calles, comía algo en algún lugar, veía películas; siempre encontraba una forma de ocuparse.

A veces iba al estadio; pensaba en los días en que podía pisar la cancha y sonreía con los recuerdos de una edad en que las palabras eran lo suyo. Se alimentaba con los rugidos y aplausos de la multitud. En el fondo sabía que allí había estado su felicidad y eso podía sonar a nostalgia, pero nunca a derrota.

Un martes salió a comprar hamburguesas. Al regreso recibió una llamada de la empresa. Un viaje muy lejos comenzaba esa noche. Fue el último viaje. El conductor se quedó dormido en alguna parte del camino y el transporte explotó en medio de la carretera. Marco salió apenas, medio quemado y medio vivo. Cinco horas después llegó la ayuda y lo recogieron.

En el hospital luchó por su vida tres días, hasta que el agotamiento, las heridas y la mala suerte le cerraron los ojos.

Nadie lo ubicaba ni nadie se presentó por sus restos. Lo enterraron en el patio común del cementerio del pueblo más cercano, al lado de las canchas donde jugaban todas las tardes los jóvenes con ilusiones de que llegara un club grande y los descubriera. Los gritos, las risas y las conversaciones alegres eran parte de cada enfrentamiento, pero ahora estaban lejos de la boca cerrada para siempre de Marco.

En ocasiones, los pelotazos llegaban hasta las tumbas; más de una pelota terminaba en su lápida, siendo retirada en silencio por las manos de alguno que ignoraba que allí yacía un volante central promedio que nunca le pudo acertar al arco de la suerte. Una persona que dejó las palabras y la risa en pedazos sueltos por todas las rutas por las que su vida transitó, hasta que los perdió todos.

Aunque este final no fue tan malo. Después de alejarse del mundo donde era feliz y llenarse de silencio, el último viaje le permitió llegar hasta aquí, cerca de una cancha, donde ahora quizás vuelva a reírse entre semana y semana junto al resto de los que duermen para siempre a su lado.

El olvido sabe todos los finales, pero es un libro con muchos capítulos que casi nadie lee.

José Abelardo Henríquez Miranda. Nacido en Santiago de Chile en 1973, Administrador Público, colaborador de revistas literarias Fragmentos del Sur (México) Autores y Ceniza (España). Relatos “Aproximaciones”, “Funciones para Escaleras” y “Caída Libre” publicados en Antologías de Editorial Letras Negras; cuatro microrrelatos en colección Textículos, Editorial Tintapujo; Editor y Autor de tres relatos de la Antología “Voces Detonantes”; mirando el mundo desde un pedazo de playa con sus atardeceres.

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