
¿Lloras con las películas?
Como siempre, en Taco-postconcierto nos vamos por la tangente. Esta vez, una pregunta de Omar sobre llorar con las películas terminó llevándonos a pensar en la escritura, las emociones y demás que uno tenía muy claro hasta que alguien hace una inocente pregunta. Todo esto, por supuesto, dentro del libre flujo del cuaderno de notas del autor.
COLUMNASTACO POSTCONCIERTO
Héctor Sapiña / México
9/22/20265 min read


El otro día Omar me hizo esa pregunta: “¿lloras cuando ves películas?” (Si no sabes quién es Omar, no te preocupes.)
“¡Sí! ¿Cómo no?”, le contesté de inmediato. Y él me contó que llora siempre, con cualquier película, algo lo conmueve y se pone a llorar, incluso si nada más iba pasando y se detuvo a verla tres minutos.
Luego caí en cuenta: yo no. No lloro con cualquier cosa. Se lo dije: “Ahora que lo pienso caigo en cuenta. Yo no. No lloro con cualquier cosa, Omar.”
Me preocupó por un momento. Cuando era adolescente pensaba que haber llorado con una película o una canción era prueba de que me había gustado, o tocado el alma, o el pezón, o quién sabe qué me imaginaba que me tocaba.
Incluso ‒me sonrojo‒ llegué a pensar que escribir se trataba de hacer llorar a la gente. El día que alguien llorara con algo escrito por mí sentiría que soy un autor realizado. Ese era el sueño… que se acabó como una semana después cuando, no sé por qué, le escribí una carta a un amigo y dijo que lo hice llorar. Entonces…
“¿Y ahora qué? ¿Para qué escribo?”
A eso le he estado dando vueltas desde la pregunta de Omar. Pero ya me desvié…
(Recuerden que esto es cuaderno de notas. ¡Libre flujo! ...Dijo el brujo.)
¿He llorado en el cine? Sí. Innumerables veces.
¿Por cualquier cosa como Omar? No. Ahí sí no.
¿Cuando se muere un perrito? No… me siento mal y miento madres (pinches demonios mata-perros), pero no lloro.
¿Lloro cuando la pareja se reúne finalmente en el aeropuerto después de la gran discusión? No… me encanta la cursilería de las romcoms y el día que Hugh Jackman corra por mí en el aeropuerto voy a llorar. Pero hasta ahora… no lloro.
¿Cuándo sí lloro?
Sabia pregunta de Omar me llevó a la epifanía:
Me hacen llorar ciertas formas de composición en la imagen. Dicho así suena muy uy uy uy, pero es sólo por la dificultad de describirlo. La verdad es que son momentos hechos para poner los pelos de punta en el cine comercial. Y yo accedo a la provocación de los directores.
Específicamente son planos-generales-conjunto de dos personajes (wide two-shot) en películas donde se muestra un duelo. En la composición de la imagen se dispone a dos adversarios enfrentándose, aproximadamente de perfil, y se conserva entre ambos una distancia espacial que establece una oposición contundente.
O dicho de forma más sencilla:


Llamemos a estas tomas los Obi/Ani-Shots.
George Lucas y los westerns lo aprendieron del cine de samuráis. Por supuesto que no surge ahí; se trata de la retórica fundamental de la confrontación en las artes visuales. Sólo por poner un ejemplo de antecedente:
Héctor Sapiña Flores: Es escritor, profesor y “postfan”. Obtuvo la maestría en Letras (UNAM) con una investigación sobre ciencia ficción mexicana y es maestrante en Comunicación (UACH). Ganador del 2º lugar en el premio de ensayo sobre una Sociedad Sustentable de la Revista de la Universidad de México. Recientemente publicó la plaquette Crasística y participa en varios proyectos de creación y difusión de la ciencia ficción en México. Miembro de la Sociedad Tolkiendili México, Smial Endisilnor. Redes: FB @hector.sapinaflores / Tiktok @h.sapina28 / IG @hsapina19
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Aquí otra tradición:


No lloro con la originalidad. No es el genio de tal o cual artista. De hecho, viendo las imágenes citadas no estoy lagrimeando como si escribiera una confesión de amor para Hugh Jackman.
Seguramente es un sentido internalizado de la épica. Me desconecto y me pongo bien epos en el cine. Y en los conciertos de metal. No soy particularmente peleonero, pero cuando la música te invita a abrir un espacio en el centro de la audiencia y luego a lanzarte contra otro colega, es inevitable obedecer al impulso de arrojar el cuerpo, aunque no tengas seguro de gastos médicos.
Entiendo que las narrativas bélicas en el cine estadounidense son siempre tendenciosas: hay una apología de la guerra cuando es para “luchar por la democracia”. La misma Odisea de Nolan terminó siendo más una queja sobre los veteranos traumados que cualquier cosa relacionada con la Odisea. Muy traumados, pero, eso sí, cuando hay que defender la casa contra invasores, se vale. Claro, eso si tu casa está del Río Bravo (¿o Grande?) para arriba y tienes cara de Matt Daemon. Si no…
En fin… uno se puede poner crítico y salen muchas cosas. La industria cultural se ha apropiado del epos.
La cuestión aquí es otra. ¿Por qué llora Héctor? Por Troya y Brad Pitt. ¿Y este otro Héctor?
Ya descubrimos que no es la composición a secas. Ahora añado: es la elección fotográfica del Obi/Ani-Shot en ese momento específico de una historia. Porque se vuelve una síntesis, el punto de no retorno. O, mejor, una ecuación que despeja todas sus variables.
Con el ejemplo de Star Wars, Episodio III:
Para ese momento, la guerra que ha azotado a la galaxia ya alcanzó su punto máximo. Un conflicto que se había ramificado en veintisiete mil variables (que Lucas aprovechó para 133 episodios animados y tres películas, si incluimos los antecedentes) se reduce a dos variables.
El wey de la izquierda contra el wey de la derecha.
Cada uno, además, con sus respectivas historias entrecruzadas y una profunda relación discipular. En otras palabras, es el clímax del relato. Insisto, es obvio. Pero lo he desglosado un poco para tener en cuenta que clímax es ¡C L Í M A X! Dos avalanchas encontrándose en el centro.
Visualmente las avalanchas se traducen a una última secuencia saturada de movimiento, con múltiples capas que contienen objetos arrojados en caos cuidadoso. Antes de llegar a nuestro propio clímax, véase este otro ejemplo (hasta el segundo 0:46):

Toma relativamente estable de los adversarios > perros locos que desestabilizan un poco el suelo de la mirada > Joker = caos puro (intercalado con) desplazamiento hacia la derecha de policías de la SWAT donde se nos cruzan en la mirada capas (columnas en la proximidad del campo) y un claroscuro en la luz. Si lo pensamos respecto a los personajes, atestiguamos tres voluntades contrapuestas que, según se nos ha contado, poseen agendas propias, éticas enfrentadas, objetivos en conflicto. Es el conflicto mismo, en su pureza, la sustancia de la vida humana, la carnita del taco vital, conflicto montado en figuras. Ya no importa si son el Joker y Batman, Obi o Wan o Kenobi; en el momento del clímax se nos presentan como símbolos a contraluz de la dualidad primigenia que destruye y regenera el cosmos.
La saturación visual de los duelos desemboca en la simplificación máxima de los Obi/Ani-Shots. Es un equilibrio forzado, una tensión absoluta, como la de las cuerdas que sostienen un puente. Pero, en este caso, un puente de la Avenida Gustavo Baz, a punto de resquebrajarse.
Ahí es cuando lloro.
