
Motemei
Este cuento rescata la figura del motero, un antiguo vendedor ambulante chileno. A través del recuerdo, la nostalgia evoca este oficio que poco a poco ha ido desapareciendo.
LOS OLVIDADOS
Julián Atlas / Chile
9/8/20262 min read


A ciertas horas de la mañana, cuando el frío todavía se quedaba prendido de las ventanas, podía escucharse. Venía desde lejos, entre el ruido de las ruedas sobre las piedras, alguna puerta que se abría y los perros que ladraban detrás de las rejas. ¡Motemei! Era una voz larga, gastada por los años, que parecía venir de otra época.
El hombre avanzaba despacito por las calles, con la olla entre las manos. Dentro, el mote caliente respiraba bajo una nube de vapor y esperaba la gran taza de loza, esa que usaba como medida y que cabía entera entre sus manos.
Conocía cada esquina, cada pasaje, cada casa donde alguna vez lo habían esperado. Hundía la taza entre los granos amarillos y la sacaba llena. Las monedas cambiaban de mano y él seguía su camino. Antiguamente, decían los viejos, cuando aparecía el motero comenzaba también el tiempo de la cosecha, y el campo se llenaba de movimiento, de sacos, de animales, de hombres volviendo al atardecer con la ropa llena de tierra. Después eso se fue perdiendo. Quedó el mote, quedó la olla, quedó aquella taza de loza y quedó su voz caminando por las calles.
Años pasan y las ciudades cambiaron. Se levantaron edificios donde antes había patios, aparecieron almacenes más grandes, y los niños, que salían corriendo detrás del motero crecieron, se fueron. Él siguió pasando por las mismas partes, medio por costumbre, medio porque no conocía otra manera de hacerlo. Hasta que una mañana no pasó.
Nadie supo bien cuándo había sido la última vez. Quizás un día cualquiera, bajo ese cielo plomizo que tienen algunas mañanas de invierno, alguien escuchó a lo lejos un motemei y no le prestó atención. Quizás una última taza de loza fue hundida en la olla, una última medida de mote cayó en las manos de alguien y unas últimas monedas quedaron en el bolsillo del vendedor. Después, simplemente, dejó de escucharse: la calle siguió igual. Los autos siguieron pasando y las ventanas continuaron abriéndose al amanecer. Solo faltaba aquella voz que antes todos conocían.
Ahora, cuando el frío baja temprano y la ciudad parece quedarse un poco quieta, hay quienes aseguran que todavía se alcanza a escuchar, desde alguna parte, una voz antigua llamando entre las calles gritando: ¡Motemei!
Nacido en Chile, estudió en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. Sin pretensiones de escritor, se aventura a escribir.
