Para Elena

Aquí los domingos se volvieron cosa del pasado y una querida abuela parece ser el centro de todo.

LOS OLVIDADOS

Bertabeth Rosas / México

9/9/20262 min read

Las tardes de domingo en Coyoacán olían a chocolate caliente, piloncillo y tamales de dulce. La casa de la abuela estaba en una calle empedrada por Santa Catarina, y siempre parecía tener espacio para todos. No hacía falta avisar que íbamos a llegar, bastaba con abrir el zaguán de madera para encontrarse con las voces de los tíos, las fichas de dominó golpeando la mesa de la terraza, los primos corriendo por el todo patio. La abuela estaba en medio de todo, pendiente de todos y sabía todos nuestros secretos y dolores, todas las angustias que callábamos y simulábamos.

No sé cómo empezó, pero la abuela comenzó a caminar más despacio. Luego le llegaron los olvidos. Primero fueron cosas pequeñas, poco a poco se le fueron borrando nombres, fechas e historias que había contado tantas veces bajo el árbol de granada. Hasta que una tarde de lluvia se fue. Y con ella se fue la razón por la que todos seguíamos regresando.

Al principio intentamos mantener los domingos. Hacíamos llamadas, nos mandábamos mensajes y promesas, pero la vida se llenó de pendientes y los pendientes se convirtieron en nuestras excusas. Dejamos de vernos. Las pequeñas rencillas crecieron y los primos que de niños éramos inseparables terminamos convertidos en desconocidos que apenas se escriben en Navidad. Nadie se habló más. Nadie buscó a nadie. Simplemente dejamos que el olvido nos gobernara.

Ahora, cuando cruzó las calles de Coyoacán y veo el zaguán, se me llenan las lágrimas por que tiene un candado oxidado. Por la rendija se alcanza a ver el patio: las macetas están secas, las hojas cubren el piso y el árbol de granada está desnudo. Me quedo ahí, recargada en la fachada gris, pensando en los domingos, en el chocolate, en el dominó y en todos nosotros alrededor de aquella mesa. Pienso y sé que la casa nunca fue lo que nos mantenía juntos. Era la abuela, era ella el centro al que todos volvíamos, aunque fuera por algunas horas. Cuando murió, la casa quedó vacía y también nosotros.

Antes de irme dejo una pequeña flor debajo de la puerta. Me quedo mirándola unos segundos, como si todavía esperara a que algo se moviera detrás del zaguán. Después sigo caminando. Y por primera vez en muchos años, me dan ganas de volver a esta casa que tanto extraño.

¿Abuela, dónde estás?

Bertabeth Rosas, nació en la Ciudad de México en 1982. Le gusta escribir poesía y cuento corto. Estudió la Licenciatura en Pedagogía en la SUAyED UNAM. Actualmente ejerce como docente.

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