
Sobre el olvido
Esta presentación sobre la convocatoria "Los Olvidados", nos habla sobre el olvido (valga la redundancia) y la selección de textos que exploran las distintas formas en que la memoria, las pérdidas y el paso del tiempo permanecen en nuestras vidas.
EDITORIALLOS OLVIDADOS
Fragmentos del Sur
9/11/20264 min read


Queridxs lectorxs,
En nuestro regreso a las letras, después de una pequeña ausencia, decidimos lanzar nuestra convocatoria "Los Olvidados", pues después de doce meses de ausencia, sabíamos que habíamos sido olvidados, sin más ni menos. Y es que todas las cosas se olvidan con el tiempo. Pero también hay otras que se olvidan porque nadie las vuelve a nombrarlas. Así como las otras que quedan en el olvido después de haber sido cuidadosamente preparadas: una carpeta que desaparece, un expediente que se extravía, una investigación que se prolonga hasta que la indignación se desgasta, un nombre que termina reducido a una cifra, una promesa que cambia de administración y así infinitamente, hasta que las lágrimas se secan, y un día el polvo se levanta.
Por eso creemos, que quizás el olvido no sea solamente una falla en la memoria, sino también puede ser una forma de poder o una forma de sanar. En América Latina y el Sur Global sabemos bastante de esto, pues durante las dictaduras del siglo XX, la desaparición forzada convirtió la ausencia en una herramienta de terror. No bastaba con matar y desaparecer: había que borrar las huellas, negar información, dejar a las familias suspendidas entre la esperanza y el duelo. En Chile y Argentina, miles de personas fueron detenidas y desaparecidas durante los regímenes militares; sus familias pasaron décadas buscando respuestas, nombres, restos, documentos. La desaparición produjo una herida que no terminaba con la muerte, porque ni siquiera la muerte podía ser confirmada: la personas desaparecidas quedaban atrapadas en el limbo de la burocracia del estado ausente.
La desaparición no pertenece exclusivamente a los archivos de las dictaduras, sino también a las desapariciones en contextos democráticos y posconflictos, particularmente en países como México, Brasil, Argentina y El Salvador. Tal vez las formas y los actores cambian, pero el dolor permanece mientras nos preguntamos: ¿qué pasa cuando una sociedad aprende a convivir con la ausencia y el olvido?
México conoce esa pregunta demasiado bien (porque no sabemos la respuesta). Aquí tenemos a los desaparecidos de las décadas recientes. Aquí tenemos a las madres y familias que recorren hospitales, fiscalías, morgues, terrenos baldíos y caminos buscando a quienes no regresaron a casa. Están los colectivos que excavan la tierra con sus propias manos. Están las fotografías que se levantan en las marchas y los nombres que vuelven a repetirse una y otra vez para impedir que la ausencia termine convirtiéndose en anonimato.
También tenemos a Ayotzinapa, en donde la desaparición de los 43 estudiantes normalistas en 2014 produjo una herida tremenda en nuestro país, y nos dejó dudas sobre la capacidad y responsabilidad del Estado para investigar sus propias violencias y hacer justicia. La llamada “verdad histórica” terminó siendo cuestionada por diversas instituciones, sin embargo, entre contradicciones, el Estado decidió dejar el caso en el olvido. Pareciera que el olvido nos obliga a que nadie sepa exactamente qué pasó. Que no se recorran versiones, ni se abran expedientes.
Pero el olvido también puede construirse de otra forma. Quizás más sencilla, y no por eso menos dolorosa. Es un susurro que se instala poco a poco y se vuelve silencio. Y la costumbre comienza a caminar por las calles, en silencio, sin mirar hacia atrás, sin buscar las fotografías en el cajón, ni pronunciar ese nombre que tanto nos duele. El olvido deja de lado los objetivos que alguna vez tuvieron vida, y aparece cuando se olvida la historia familiar que empieza a desvanecerse como arena en el mar, hasta que se pierde por completo entre las olas.
Y entre tantas formas de olvido, quisimos abrir nuestras puertas para recuperar lo olvidado a través de las palabras. Quisimos que el lenguaje se convirtiera en un territorio para rescatar, para hacerle frente y recordarle que las historias, los nombres, las personas, los recuerdos, las lágrimas sí importan.
Importan porque una cifra no tiene la misma textura que un nombre. Porque decir “miles de desaparecidos” es necesario, pero conocer una historia concreta nos recuerda que esos miles fueron personas que tuvieron una voz, una casa, amistades, proyectos, fotografías, objetos y alguien que esperaba su regreso.
Importan también porque la literatura, el periodismo, el testimonio y el arte pueden abrir espacios que los discursos oficiales suelen cerrar. No sustituyen una investigación judicial ni resuelven una desaparición. No reparan por sí mismos una injusticia. Pero pueden impedir que determinadas experiencias sean completamente expulsadas del relato colectivo.
Los textos que reunimos en esta selección se acercan al territorio del olvido desde distintos lugares. Algunos hablan de la familia, otros de la memoria, de las pérdidas, del paso del tiempo o de aquello que permanece escondido en algún rincón de nuestra vida. Cada texto se aproxima al olvido desde un lugar distinto y, justamente por eso, forman una especie de mapa incompleto: un hermoso mapa de ausencias y recuerdos.
Esperamos que nuestrxs lectorxs encuentren en estos textos y collages alguna memoria propia, una pregunta pendiente o quizá una historia que creían olvidada. Y quizás, se sumen para la próxima a contarnos sus propias historias.
Gracias a quienes participaron en esta convocatoria y compartieron con nosotrxs sus palabras, recuerdos y formas de mirar el olvido; y gracias también a quienes se acercan ahora a leerlas y a mantenerlas vivas.
Con cariño,
Fragmentos del Sur
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